29.05.2015 10:33

¿Hay arsénico en tu vaso?


Por Pablo Corso

Cuatro millones de argentinos toman agua con arsénico, pero la mayoría no lo sabe. mediante el uso de biomáquinas, un grupo de biólogos creó un sensor doméstico que podría prevenir las consecuencias mortales de su consumo 

Estudiar un problema que afectara a la sociedad. Ese fue el planteo que se hicieron hace dos años el biólogo Alejandro Nadra y su grupo de trabajo de la Facultad de Exactas de la UBA. La idea era abordarlo con las herramientas de su especialidad, la biología sintética. Y eligieron un asunto urgente: cuatro millones de argentinos consumen agua con arsénico, su contaminante más usual. La mayoría no lo sabe y los que lo saben no pueden hacer demasiado: además de ser caros, los kits de medición manipulan y generan sustancias tóxicas. 

Junto a Estados Unidos, India, Bangladesh y Chile, la Argentina es uno de los países con más arsénico en sus napas, con una luz roja sobre la llanura chaco-pampeana, Cuyo y la Puna. Como la exposición prolongada puede causar desde lesiones cutáneas hasta distintos tipos de cáncer, detectarlo es fundamental para tomar una decisión que puede salvar vidas: hacer pozos más profundos o agregar sistemas de filtrado. 

Ese mapa y esa amenaza llevaron a los investigadores a socializar una solución que llegaría gracias a una de las nuevas estrellas del firmamento científico: la biología sintética, que articula ingeniería, biología y química, por lo cual modifica organismos vivos hasta convertirlos en biomáquinas con funciones específicas. Juega con bloques de ADN y cada bloque es una función: generar un olor, un color, una sustancia. Ese juego de la vida está poniendo en marcha un universo de plantas que iluminan de noche, bancos de sangre artificial y microorganismos que transforman dióxido de carbono en energía. El laboratorio de Alejandro es un buen lugar para entender las potencialidades de esta disciplina inquietante: ahí se mezclan ingenieros en computación con diseñadores industriales, artistas plásticos con sociólogos. 

Con tamaño know how, cranearon un prototipo que combina dos funciones ("detectar arsénico" y "generar color") y lo insertaron en ejemplares de Escherichia coli. Sí, las mismas bacterias del escándalo de las hamburguesas en 2001, pero en este caso no son patógenas y se autodestruyen después del uso. Ya como biomáquinas, se convierten en sensores de arsénico. Los técnicos empezaron a tomar muestras, vieron que todo funcionaba y siguieron con el desarrollo de una carcasa que contuviera las bacterias. Así sería viable la distribución.

El SensAR, así se llama, se parece a un test de embarazo y es muy simple: se colocan gotas del agua que se va a evaluar en un pocillo y, diez horas después, gracias a la acción de una proteína fluorescente, las bacterias cambian de color. Si se "tiñen" de amarillo hay un nivel bajo o nulo de arsénico; si es de naranja, intermedio, y de rojo, tóxico (para la Organización Mundial de la Salud, más de cincuenta partes por billón). 

El desarrollo se presentó en noviembre de 2013 en Boston, durante las competencias IGEM, algo así como el Mundial de la biología sintética. El equipo volvió con la medalla de oro y un premio al mejor modelo teórico. Con el prototipo casi terminado, ahora están en el proceso de "incubación de idea", en una empresa de base tecnológica de la Facultad. Se financiaron con aportes de los ministerios de Ciencia y de Educación, una campaña de crowdfunding en el sitio idea.me y los US$ 50.000 del primer premio de su categoría en el concurso Innovar de 2014. Alejandro espera empezar a satisfacer la demanda potencial este año. "La idea es llegar a los cuatro millones de afectados, lo que también implica el interior profundo", explica. La primera opción es venderlo, pero la segunda es superadora: bonificar el costo del kit a quienes informen sobre los valores medidos en sus domicilios. "Centralizando esa información, el Estado puede relevar a costo bajísimo los niveles de arsénico a lo largo y a lo ancho del país -razona-. Y el principal interesado en que esa medición se haga es el propio usuario". 

Si todo avanza como lo planean, la base teórica y práctica del SensAR también servirá para detectar plomo, hidrocarburos o cianuro. "Con mínimos cambios podemos hacer sistemas de registro para contaminantes muy difíciles (o caros) de medir por otros métodos", confirma Alejandro, que cuando mostró el invento en Tecnópolis tuvo un segundo baño de realidad. Algunos lo abrazaban, otros preguntaban dónde comprarlo, otros querían saber cómo ayudar. "Exponer mi tema de trabajo ante las más de 20.000 personas que pasaron por el stand Bacterias, tu mundo interior contrasta mucho con la rutina del investigador en su cuevita -reconoce-. El pico de emoción fue cuando una visitante de Santiago del Estero, donde hay altos niveles de arsénico en el agua de consumo, me abrazó y me dijo: "Gracias por pensar en nosotros: nos estamos envenenando y no sabemos qué hacer". El efecto fue expansivo. Hoy piensa en atacar otro asunto pesado como el de los agroquímicos, o explorar las posibilidades de los nutracéuticos, alimentos medicinales. Todo con el mismo norte: "Siempre que esté a nuestro alcance, estamos muy dispuestos a responder las demandas que vayan surgiendo de la sociedad". 

Fuente: www.conexionbrando.com

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